Los sutiles velos del amor




Jaime era un empleado de la tienda por departamentos más grande de la ciudad. A los ojos de los clientes era un vendedor simpático y muy amable, que siempre les brindaba una gran sonrisa de marca de dentífrico, a los clientes que a diario concurrían a la tienda. Siempre iba vestido con su infaltable corbatín y camisa de impecable blancura. Llevaba en la tienda seis años, de los cuales dos, los había pasado como ayudante de almacén, para luego pasar al departamento de ropa de damas y caballeros.

En el almacén se desempeñó con esmero y con singular eficiencia, manejando la mercadería que entraba a la tienda y su final disposición en las estanterías. No sólo preparaba en el almacén la ropa, sino que tenía que disponer y dejar prestos para las inmensas vitrinas, decenas de maniquís, que vestían los modelos de última moda que llegaban a la tienda desde diferentes partes del mundo.

En los pocos momentos que tenía libre, se pasaba piropeando y cortejando con miradas furtivas a las féminas que se desplazaban por la tienda. A la hora del almuerzo bajaba a los depósitos y mantenía alguno que otro escarceo con esbeltas damas, a las que sus agiles y ansiosas manos acariciaban. A pesar de que siempre hacía esta rutina y esperaba la hora del almuerzo con ansiedad, le parecía que sus relaciones eran muy frías y dejaban en él una que otra sensación de vacío que lo mantenía siempre en vilo
.
Cada noche llegaba a su casa y con denodado entusiasmo se duchaba y luego procedía a brindarle amor y cubrir de caricias a las damas, que desfilaban en variopinta comparsa, ante sus ojos. Este era el momento más feliz del día y lo hacía sentirse el hombre más afortunado del mundo
.
Una noche, llegó a su casa con una espectacular rubia de agraciadas formas y de rojos labios. Era tal el estado de ansiedad de Jaime por tenerla entre sus brazos, que apenas llegó, preparó dos whiskies, tomando uno para él y otro que le ofreció a ella. El vaso de escocés de él, se evaporó como el vaso de agua del sediento en el desierto.

Llenó de besos y caricias a su amiga ocasional. Sintió un deseo que le quemaba todo el cuerpo y la tomó entre sus brazos llevándola a su lecho, donde aspiraba a consumar esa pasión que hacía que hirviera su sangre.

Cansado y exhausto de los momentos de amor consumados, Jaime se durmió profundamente, con una sonrisa entre sus labios y el corazón pleno de felicidad. Sentía en sus sueños que navegaba en mares de paz y que su cuerpo flotaba en cielos de azul éter.

Una escandalosa alarma del despertador, que temblaba con una fuerza telúrica en la mesa de noche, lo sacudió a las cinco de la madrugada. Se incorporó de su cama de un sobresalto y estiró su cuerpo con un movimiento felino. Giró su cabeza hacía un lado de la cama y observó que ella seguía allí con él, que aún no se había ido.

Trató de esclarecer su mente. Esa mañana, los trabajadores del almacén y los del depósito realizarían el inventario mensual de la tienda. Entonces recordó que debía devolver a toda prisa el maniquí, que con forma de mujer y de rubia cabellera, permanecía en su cama, en fría y rígida pose.

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