El mercader de ilusiones
Escribía y escribía. Sólo no lo hacía cuando su alma estaba en suspenso, como en una especie de shock prolongado. Escribía y volvía a escribir, sentía al escribir que era poseedor del Universo, amo y señor de las bestias, amo y señor de voluntades y conciencias.
Su cuerpo ya viejo y con la espalda transformada en una especie de garabato, lo hacía ver como una extraña figura. Ya casi no salía, se sentaba en la silla, como una gárgola viviente sobre su máquina de escribir.
Cuando acababa con las blancas hojas, se disponía a buscar otras en su viejo armario de madera apolillada. Sus pasos eran lastimeros, por el chirriar de sus viejas zapatillas sobre el vetusto piso, que hacían juego con esa figura torcida. A cada paso que daba parecía que su espalda, a semejanza de una bisagra oxidada, emitiera sonidos que acompañaran como orquesta a ese andar pesado.
En su juventud había sido redactor de noticias de una revista especializada en temas científicos y de salud. Su ahora vieja máquina de escribir, había sido su fiel compañera a través de todos esos largos años. De sus escasas posesiones, ella era la más preciada, la cuidaba con esmero y la pulía con denodado entusiasmo.
Los años le pasaron tan rápido, que ya anciano y solitario lo encontraron sin haber hecho una familia. Nunca tuvo un amor que lo esperara, nunca tuvo un hijo que le llevara sus pantuflas, cuando cansado, llegara de la oficina. Estos pensamientos lo aletargaban, cavilaba mucho sobre esto y alguna que otra lagrima escapaba de las profundas cuencas de sus ojos y resbalaban sobre la desértica piel de su rostro.
Todo esto se transformaba, cuando pasaba a ser un mágico creador de ilusiones y fantasías. Se había convertido en un escritor de relativo éxito y ya las publicaciones de sus novelas y cuentos eran conocidas más allá de las fronteras de su país natal. Ya comenzaba a paladear el éxito, que le había sido negado desde joven. A pesar de ello, mantenía una especie de anonimato, que paródicamente hablando, lo hacía ver como un ser invisible a los ojos de la sociedad.
Todos los contactos que hacía, eran única y exclusivamente con la editorial. Le hacía llegar los originales de sus obras, recibía su cheque y retornaba a su casa en el viejo ferrocarril que ronroneaba tanto como sus pisadas. Acababa de entregar su novela “El mercader de ilusiones” novela aguda sobre la vida de un escritor, que plasmaba el íntimo mundo del escritor como creador de vida, como cumplidor de sueños, como mutilador de otros.
Llegando a la estación de destino, se colocó su boina de lana, que siempre cubría su ceniza cabellera en las frescas tardes de otoño, tomó el sobre que contenía el borrador del manuscrito de su novela y con su paso cansado buscó salir de la estación, que distaba a pocas calles de su casa.
Hundido en sus pensamientos, intentó cruzar la calle aledaña a la estación, atajo este, que le ahorraba dar la vuelta por otras calles y que proporcionaba alivio a sus ya fatigados y ancianos pies. En un momento revisó mentalmente, los capítulos de su obra más reciente. Pensó en lo que debía o podía haber cambiado, de haber sido posible en ella.
Una fría brisa, acompañada de un fuerte golpe lo sacudió como un terremoto.
Unas blancas páginas manuscritas, volaron de un sobre amarillo, buscando la libertad, mezclándose por un instante con el azul-gris del cielo. Más allá, a pocos metros, se escuchó el chirriar de las llantas de un vehículo deportivo que se alejaba a toda prisa por la avenida.

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