El crítico


 

Siempre acudía a su escritorio y se sentaba a primeras horas de la mañana a escribir. Le gustaba hacerlo, sentía un goce supremo cuando deslizaba el papel blanco sobre la vieja “Underderwood” y comenzaba a escribir en una especie de paroxismo, que sólo se detenía cuando su mujer, una robusta y mal encarada figura, se aparecía en el umbral de su biblioteca y le aproximaba, la taza de café y los bocadillos que conformaban su desayuno diario.

Hacía crítica de arte, como amante del arte le gustaba escribir sobre él. Lo hacía a menudo con el conocimiento que da el estudio sistemático de un tema; pero también con la saña asesina, que le producía su frustración, por no haber sido un artista de fama y éxito.

Sus escritos eran tan malintencionados, que se convertían solo en mediocres panfletos reaccionarios que vomitaban su frustración sobre los artistas, que ante sus ojos, eran realmente buenos y que ya su fama se paseaba libremente, por los corrillos del mundo del arte.

Sentía placer, sí que lo sentía. Pensaba que él estaba contribuyendo a eclipsar, a las futuras estrellas del mundo del arte de la ciudad. Lo imaginaba como un asesinato que cometía, cuando enviaba sus escritos a la sección de crítica de arte del periodico, para el cual laboraba.

Una tarde, escribía una larga crítica sobre la obra de unos de los pintores más prometedores del momento. Le pareció que ese día había escrito con suma naturalidad, que las palabras fluían con mayor libertad y que la vieja máquina de escribir parecía un veloz tren a toda marcha. Esa tarde, su mujer le llevó el café que acostumbraba tomar para después disfrutar de una siesta.

Se quedó profundamente dormido y con la taza de café, todavía humeante entre sus dedos. Entre la placidez del sueño que lo tomó de sorpresa, acudieron a su mente anestesiada, imágenes donde su mujer lo miraba con sorna y sin mediar palabras, lanzaba la taza de café contra el largo escrito hecho ese día y con la otra mano descargaba un martillo sobre la vieja Underwood, haciéndola añicos y soltando una risa burlona y repetitiva lo miraba con aires de superioridad y desafío.

Despertó ya en horas de la noche, con la taza de café consumida, reposando sobre el escritorio. Buscó la máquina de escribir y las páginas escritas esa tarde. Giró su cabeza como lo haría un mecanismo de un ventilador y seguía buscando.

Un anormal desorden en el salón de la biblioteca, hizo que su cuerpo sintiera un extraño escalofrío. Sus ojos se quedaron estupefactos, al mirar las blancas páginas que había antes, desparramadas por el piso de mármol y salpicadas por extrañas formaciones color carmín.

Una mueca repentina y un grito de dolor ahogado en su garganta, acompañaron la visión de su mujer tendida en el suelo, con la cara aplastada por la vieja Underwood, y un charco de sangre fluyendo como río congelado por el piso.

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