Bilbao
EL INMIGRANTE
Llegó a Venezuela a finales de la década de los 50, en plena dictadura del General Marcos Pérez Jiménez, en la oleada de ciudadanos de toda Europa, pero principalmente de la península Ibérica que en la búsqueda de nuevos horizontes habían decidido cruzar el gran charco, con sus sueños y sus maletas a cuestas, para establecerse en la América, la lejana y misteriosa, la prometedora, la cautivadora, la misteriosa América.
Su nombre era Antxo, era de una corpulencia que no hacía juego con su pequeña estatura. Hombre de modales toscos, sabía lo que era ganarse la vida con el sudor de su frente. Se había casado muy joven con Rosario, una bella joven de grácil figura que conoció en su pueblo natal y que le robó el corazón desde la primera vez, desde esa bendita primera vez que la vio caminando por la plaza, aquella que distaba a pocas cuadras de su casa.
Desde ese primer día, no pasó mucho tiempo para que Antxo se hiciera novio de Rosario. Ya a los seis meses estaban contrayendo nupcias, jurándose amor eterno en una modesta capilla del pueblo. Trabajando en el campo día tras día, unía en uno sólo, el sol con la luna, que iluminaban su ancha espalda en los fértiles campos, siempre bregando con la esperanza de encontrar un futuro mejor. Al año de este casamiento nacía Mercedes, una linda niña que fue la alegría de sus padres. Dos años después vendría al mundo María, la segunda gran bendición de su vida.
Antxo era un señor que rondaba la treintena cuando salió de España en 1955. Se vino con su mujer y dos pequeñas hijas, alojándose en casa de unos familiares que años atrás se habían establecido en Venezuela. Su fuerza física, que le había ganado fama en todo su pueblo y en el país vasco, lo había hecho ganador de las competencias regionales de levantamiento de piedras, que año tras año se celebraban en su pueblo y las comarcas allende, en el marco del deporte rural vasco. Más tarde, esta fortaleza le serviría para afrontar las duras faenas agrícolas, que habría de realizar en las montañas casi vírgenes del pueblo de San Antonio de los Altos, localidad situada en el estado Miranda.
En el pueblo de San Antonio, se dedicó a la siembra de fresas y duraznos, mercancía que luego bajaba a la ciudad de Caracas en un viejo y destartalado camión Ford del año 1947. Los jueves en la mañana las trasladaba al mercado principal de la ciudad capital y luego subía de nuevo al pueblo, para seguir con las labores de siembra y cosecha de los frutos.
Ya en la noche y antes de que el sueño y el cansancio hicieran presa de él, se dedicaba a contarles historias a sus hijas adolescentes, que ya habían escuchado desde niñas. Eran siempre las mismas historias, que noche tras noche su padre inventaba para ellas. Ellas lo escuchaban con atención y después lo atosigaban con preguntas que él no tenía tiempo para responder.
Su mujer, Rosario, sólo escuchaba y callaba, con unos ojos que reflejaban una mirada cargada del más genuino amor y pureza. Ella era así, taciturna y cubierta con una extraña mezcla de melancolía y dulzura que hacían juego con su belleza, dándole un aspecto casi angelical a su rostro.
Antxo, a pesar de su tosca apariencia y modales, había sabido granjearse el amor de Rosario. Una noche donde la luna llena cubría con una extraña palidez el cielo, le soltó:
-Amor, ¿sabes una cosa? – le dijo mirándola fijamente a los ojos
-¿Qué, mi viejito?- le dijo, de la forma como gustaba llamarle a él
-Siento que no me equivoqué al escogerte a ti como esposa- le dijo besando su mano con extrema dulzura
Ella se ruborizó de inmediato y desvió sus lindos ojos de la mirada de su esposo, esbozó una tímida sonrisa, para luego bajar la cabeza. Tarareó una vieja canción de cuna de la postguerra y se dirigió a la cocina a prepararse un té para conciliar mejor el sueño.
Habían salido de España, con un mundo de ilusiones y sueños por delante y sentían que habían logrado parte del éxito que habían imaginado juntos. Al año de haber llegado a esa tierra que prometía mucho; ya tenían un hogar propio y sus hijas acudían al mejor colegio del pueblo.
Una noche, Antxo descansaba en su dormitorio y con la mirada fija en el blanco techo, recordaba a su pueblo. Imágenes sucesivas de su infancia con sus padres y hermanos acudían en tropel a su memoria, los juegos que jugaba de niño, las diabluras cometidas en complicidad con sus hermanos. Todo esto era como un aluvión que caía sobre él. Por un momento, la nostalgia se apoderó de él y dos grandes lágrimas se deslizaron por sus mejillas.
Su padre hombre sencillo, pero revestido de una sabiduría que dan los años y las experiencias cubiertas de tristezas y amarguras, le había enseñado desde niño, el valor de la honestidad y el trabajo. Le había enseñado su oficio, la carpintería, que este desempeñaba con gran maestría en la carpintería del pueblo. Antxo, sentía gran respeto y admiración a su padre, no podía ser de otra manera, el era su héroe, su modelo a seguir.
De su madre había aprendido el amor al prójimo, el saber compartir y dar al más necesitado. Su madre, ejemplo de mujer abnegada, siempre amorosa, con el consejo siempre oportuno para dar.
Adivinaba cuando sus hijos estaban tristes, los consolaba cantándoles canciones que salían de su alma y que con bella voz los arrullaban.
Antxo, se quedó dormido, después de pasar horas recordándolos a todos, a sus cuatro hermanos, dos hembras y dos varones, los compañeros de la escuela, los juegos que jugaban en la tarde en la campiña, a sus maestras, que siempre amorosas también podían ser severas.
Una semana después, caía la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez y el país se sumergía en un torbellino de algarabía y del regocijo que sentía un sector que lo adversaba y que veía en este, un peligro para sus aspiraciones políticas. Parte de la comunidad de inmigrantes europeos veía, no con cierta tristeza, como el hombre bajo cuyo gobierno habían sido acogidos en esa nueva tierra que adoptaron como suya, era desplazado del poder y partido rumbo al exilio.
A la mañana siguiente Antxo debía ir a la capital a gestionar un crédito para comprar una maquinaría agrícola, con sus ahorros había comprado un pequeño terreno que debía empezar a trabajar, tenía pensado sembrar hortalizas en él.
Vestido de traje gris, blanca camisa y sombrero negro, acudió al Banco donde debía iniciar los trámites para la obtención del crédito. Lo hicieron esperar en una sala cercana a la oficina de créditos. Mientras tanto le daba un vistazo a la prensa local y las primeras páginas estaban llenas de los hechos políticos que conmovían al país.
Tras unos veinte minutos de espera, lo llamaron para ser atendido por el Gerente de Créditos de la agencia bancaria. Al trasponer el umbral de la puerta de la oficina del gerente, no pudo más que sorprenderse al ver a Patxi, el compañero de juegos de su infancia, sentado en su oficina y fungiendo como el flamante gerente al cual él habría de dirigirse para la solicitud y posterior obtención del crédito.
Este encuentro de carácter comercial se fue extendiendo hasta convertirse en una amena tertulia de dos viejos camaradas
– Recuerdas Patxi, la niña de trenzas doradas que nos gustaba a los dos- dijo Antxo
– Si, como no voy a recordarla, que niña tan linda – exclamó Patxi
– Gané la competencia entre los dos, fue mi primera novia- soltó Antxo
Tras media hora llena de recuerdos, pasaron a la formalidad del caso. Con un cálido apretón de manos se despidieron, no sin antes comprometerse a seguir esa amistad, ahora en tierras extranjeras.
Un mes más tarde de la entrevista con su viejo amigo, Antxo obtenía el crédito que le permitiría expandir los rubros comerciales a los cuales les dedicaría su acostumbrado esfuerzo y tesón. Solicitó presupuestos en casas distribuidoras de maquinarías agrícolas. En esa época, había un auge en las actividades dedicadas al campo. Los inmigrantes que habían llegado de Europa, habían contribuido con su caudal de trabajo a que esto sucediera. El país se autoabastecía de muchos productos provenientes de la agricultura; españoles, portugueses e italianos luchaban hombro a hombro para abastecer a la capital y a las regiones aledañas de hortalizas, verduras y frutas que a diario se encontraban en las mesas venezolanas.
Otros inmigrantes abandonaron el campo y la agricultura, estableciéndose en la ciudad capital y se fueron dedicando a actividades más lucrativas, que requerían menos esfuerzos. Estos empezaron a vivir en la bonanza que traía consigo la exportación de petróleo, que había convertido a Venezuela en un país cada vez más dependiente de este producto y cada vez más alejado de la agricultura como medio de vida y fuentes de trabajo. Comenzó la ciudad a llenarse de bares, night-clubs, prostíbulos y de todo establecimiento nocturno para el esparcimiento y el disfrute de una que otra copa de escocés.
A mediados de 1960, Antxo había logrado consolidarse en sus actividades agrícolas y comerciales. La venta de sus productos en la capital le estaba dando la posibilidad de ahorrar dinero para proyectos futuros. Sus hijas, aún adolescentes, algún día deberían entrar a la universidad, deseaba que sus hijas, no pasaran por las duras pruebas que le había tocado vivir. También ahorraba para el futuro de ellas y vislumbraba visitar su terruño natal, que ya hacía cinco años que no veía.
Antxo, sentía que no había podido tener un hijo varón, ese cómplice de historias que extendiera su apellido, en estas tierras que lo había cobijado como a un hijo más. En las tardes cuando el sol caía, se sentaba a descansar en una silla de tosca madera, con espaldar y asientos cubiertos con piel de vaca. Meditaba sobre su vida, pensaba mucho en su futuro. A pesar del amor que sentía por la nueva tierra, a la cual fue queriendo de a poquito, sentía mucha nostalgia por su terruño, por su querido y amado pueblo. Su mirada se perdía por el horizonte que se enmarcaba por la ventana de la sala. Entonces, sus ojos se tornaban vidriosos y anunciaban tempestad en ellos.
También sentía cansancio, a pesar de que todavía era un hombre de edad mediana, en ocasiones las fuerzas parecían abandonarle. El duro trabajo del campo había hecho mella en su cansado cuerpo. Nunca había tenido la intención de visitar a un médico, de realizarse exámenes de laboratorio. Su salud hasta los momentos no había dado razones para preocuparse, su complexión robusta y su vieja afición a los juegos vascos lo había hecho un hombre fuerte y saludable.
BILBAO
Antxo, llevaba quince años en tierra extranjera, esa tierra hospitalaria y de rostros de tez variopinta y amable sonrisa. Ya sentía a esa tierra como suya, quebrantado de fuertes dolores en la espalda, decidió un día dejar de trabajar la agricultura, aquella que tanto amor le había tomado, aquella faena que le había ayudado grandemente, en el forjamiento de un futuro mejor para su familia. Nunca quiso dejar en manos de los peones el trabajo del campo, sentía que de hacerlo ya no podía tener el control sobre el trabajo de otros. Le gustaba bregar como a un peón mas, así veía el trabajo, como algo que había que asumir en primera persona.
Había dirigido dos meses antes, una carta a su hermano menor Iker, con la propuesta de venirse a vivir a Venezuela. En la misiva le pedía que viniera a encargarse de la tierra que hasta esa fecha él había trabajado.
Una semana, sin avisarle siquiera, Iker le dio la más grande sorpresa de su vida al aparecer ante él, junto con una vieja maleta de cuero y junto a su esposa y cuatro pequeños hijos. Ante tamaña sorpresa, sus ojos volvieron a cubrirse de humedad y abrazándose fuertemente, casi sin querer soltarlo, le hizo saber de la gran alegría de verlo y su agradecimiento por haber aceptado su oferta.
Esa semana Bilbao no hizo más que homenajear a su querido hermano, buscaba mil maneras para hacerlo sentir bien y aprovechar todos esos años perdidos, para llenar ese vacío en sus vidas del más grande y amor fraternal. Lo ubicó en una casa confortable que había construido para el hospedaje de visitantes. En ese momento pensó, que estaba saldando una vieja deuda con su familia, ahora justo en el momento que él había logrado estabilidad económica y tenía la disposición para ayudar a su hermano.
Con los ahorros que había logrado reunir en diez años de labor, pudo comprar un mediano local, tenía la idea de convertirlo en un abasto, o como diríamos aquí, en una bodega. La idea era surtir a los pobladores de todo lo necesario, para que se evitaran el tortuoso viaje a la capital o a la ciudad vecina de Los Teques, que distaba a unos 15 kilómetros del pueblo de San Antonio.
Corría el año 1970, allí en la “bodeguita” fue donde conocí a ese señor de piel surcada por hondas líneas y que tenía por nombre Antxo, casi impronunciable para mí y para todos, que decidimos casi por unanimidad, llamarlo “Bilbao”, que era del lugar de España donde procedía y que siempre citaba a propios y extraños. Así evitaríamos enredos y confusiones y que no se nos trabara la lengua cuando lo llamáramos por su nombre.
Desde ese día, que ya no pronunciamos más su nombre real, el nombre Bilbao comenzó a emerger como esa figura, que ya formaba parte de la cotidianidad de nuestras vidas, el era todo un personaje en la vecindad. Gran contador de cuentos e historias, siempre lo había sido. Gustaba mucho de contar historias de su padre de la Guerra Civil Española. Este había combatido a las fuerzas de Franco y sabía lo que era pasar hambre con una mujer y cinco hijos que alimentar a cuestas. Eran historias cargadas de profunda tristeza, pero también de mucho valor, llenas del coraje de hombres y mujeres dispuestos a luchar por sus ideales republicanos.
Bilbao, ya no le gustaba que nadie lo llamase “Antxo”, ni siquiera en su casa su familia lo llamaba como tal. Le gustaba mucho este nuevo nombre, recogido del saber y de la conciencia popular, de ese imaginario colectivo que ya comenzaba a ser parte indisoluble de su vida. Sentía que lo conectaba de una forma casi mística con su terruño. Bilbao- pensó para sí- con ese nombre quiero vivir y morir. Se imaginaba su lápida en el camposanto con ese nombre inscrito en ella, así debía ser y así dispondría para ello.
Los meses pasaban y su vida transcurría en la paz que tanto había soñado para sí. Tenía una vida cómoda y placentera. Sus hijas crecían vertiginosamente y él lo notaba. Una mirada de satisfacción acudía a su rostro cada vez que las veía, cada vez que disfrutaba de la inteligencia de ellas y se derretía ante cual pequeño triunfo que lograran.
Las tertulias en la bodeguita eran amenas, los parroquianos la tenían como su punto de compra y lugar para oír los cuentos e historias de su amable dueño. Cada día que pasaba “Bilbao” era más popular, sus historias traspasaban los límites de su pueblo y llegaban de boca en boca hasta sitios más aparatados, como Los Teques y Caracas.
Contaba la bodeguita con dos empleados diligentes que atendían y otro, un joven que se encargaba de hacer los mandados y realizar las compras cada día sábado junto con su patrón en una camioneta pickup Ford Apache. En el abasto, todo lo relativo a los productos agrícolas era abastecido por la cosecha producida en el campo, ahora administrado y trabajado por su hermano menor.
Cinco años habían transcurrido desde la llegada de su hermano a Venezuela, la vida parecía sonreírle siempre. Sus hijas ya acudían a la Universidad y la mayor, ya estaba próxima a lograr el grado y la menor terminaba sus estudios en la secundaria. Las actividades agrícolas habían aumentado desde la llegada de su hermano, su empuje y nuevas ideas habían hecho más productiva la cosecha. Ahora el transporte de productos a la capital requería de más viajes, por lo que decidieron comprar un camión de mayor capacidad para el traslado de sus productos a los mercados.
LA CAÍDA REVELADORA
Una mañana, un día lunes del mes de agosto de 1.971, Bilbao fue en horas de la mañana a la bodeguita, siempre con meridiana puntualidad llegaba a las 6:30 de la mañana y abría al público a las 7:00 de la mañana. Esta rutina la cumplía a cabalidad todos los días de la semana, excepto los días sábados que abría a la 8:00 de la mañana.
Tomó una escalera y se subió a ella, con el saco que contenía las bolsas de café en la mano y con la otra apoyada en el tope de la escalera, se disponía a llenar un anaquel que se encontraba vacío, donde colocaba las bolsas de café y las de leche. Entonces realizó un brusco movimiento para completar la pila de bolsas de café, cuando perdió la estabilidad y cayó desde lo más alto de la escalera al piso.
En el piso y con fuerte dolor en la cabeza y en la espalda, Bilbao no podía incorporarse, pasó media hora para que los ayudantes lo encontraran todavía en el suelo y alarmados ante este hecho lo condujeran a toda prisa hacia el hospital más cercano.
Ya en el hospital fue trasladado a la sala de emergencias donde fue atendido de inmediato y suturada una gran herida que había sufrido en la cabeza al caer de la escalera. Al salir de la sala de emergencias fue llevado a su habitación donde le esperaban su esposa y sus dos hijas. Aún sentía dolor; pero ya las piernas le respondían y la espalda aunque maltratada, podía inclinarla.
Pasó dos semanas en el hospital recuperándose de los aporreos sufridos en la caída. Fue sometido a diversos exámenes, le fueron tomadas rayos x de la columna y cabeza, dado que todavía persistían los fuertes dolores de cabeza. De noche había que administrarle sedantes que lo ayudaban a dormir. Esta situación preocupaba a los médicos que daban sólo una semana para que esos dolores desaparecieran y ya habían pasado dos semanas y los fuertes dolores de cabeza continuaban y cada vez se hacían más recurrentes. Aún así fue dado de alta y puesto en observación, recetándole los mismos fármacos que hasta ese día le habían suministrado. Cada quince días debía ir al hospital a realizarse exámenes que pudieran explicar el porqué de sus dolores.
Su hermano Iker, lo fue a buscar al hospital y lo llevo a su casa. En el trayecto, no hizo más que preguntar por el estado del negocio. Preguntaba por la bodega, por el estado de los insumos, que si las personas habían notado su ausencia. Claro que lo habían notado, todas las mañanas de esas semanas preguntaban a los dependientes por el estado de salud de su patrón. No se iban del lugar sin recibir una respuesta a su sana curiosidad y preocupación.
Pasaron dos semanas de absoluto reposo, y fue entonces que comenzó a tener pesadillas cuando dormía. Eran visiones de hechos nuevos para él.
En uno de sus sueños, un niño que estaba ahogándose en un pozo, le pedía ayuda, que por favor no lo dejara morir. Al ver su rostro, reconoció en él, al hijo del zapatero que acudía todas las tardes a comprar una que otra golosina. Este sueño se repitió cada noche de una semana entera, por lo que se mostró
preocupado y le pidió a su esposa, que fuera a la casa del niño a preguntar por él, ella con ojos abiertos y con las pupilas dilatadas le dijo:
-Viejito, el niño falleció ayer cuando en un acceso de tos, se ahogó con su propio vómito- le salieron las palabras entrecortadas.
Ella le dijo que no le habían comentado nada para no preocuparlo, que por su estado de salud era mejor evitar los comentarios y las noticias negativas, que sabían de su gran afecto por el niño, que pensaban comunicárselo luego, cuando ya estuviera recuperado completamente de sus dolencias.
Él no le dijo nada, sólo quedó con una gran interrogante- ¿porqué había soñado todo aquello? -pensó para él, todo aquello era tan extraño, primera vez que le sucedía esto. Se preguntó porque tuvo este sueño premonitor, no tenía respuestas a ello, ni sabía cómo plantearse las preguntas que pudieran darle las respuestas.
Su estado emocional se alteró, a tal grado que ya no tenía ganas de volver al negocio, delegó en manos de su esposa las responsabilidades que antes él había asumido con total eficiencia. Sintió en él que algo muy a lo interno se había movido.
Ya no quería soñar, ello implicaba presencia fotogramas en formas de sueños con imágenes extrañas, con voces que a manera de alerta le susurraban al oído acontecimientos por venir, algunos alegres, otros dramáticos.
Las noches se convirtieron en largas horas de vigilia, sólo cuando el sueño y el cansancio lo arrinconaban en ese oscuro mundo de visiones que ya no quería tener más, cedía y volvían a aparecer imágenes confusas, voces y ese chismorreo onírico que tanto lo perturbaba.
Una noche tuvo un sueño, en él se veía pasando la maquina que hacía surcos en la tierra, cuando del terreno levantado brotaban monedas de oros, eran en la visión, viejas morocotas de oro que en gran cantidad brotaban de la tierra. Salía tan nítido el sitio donde ocurría este hecho, que encendió la lámpara de la mesa de noche y tomando en sus manos una libreta y lápiz, procedió a anotar velozmente este sueño tan real, tan lleno de texturas que parecía haberse despertado aún con las manos llenas de tierra en su intento por tomar las monedas que en el sueño se le ofrecía.
A la mañana siguiente llamó a su hermano Iker, para que lo acompañara al sitio del campo donde se había desarrollado su sueño. Sabía lo que tenía que hacer, le pidió a su hermano que buscara una pala y que la llevara consigo. Por órdenes médicas Bilbao, debía hacer uso de una silla de ruedas para su traslado. Su hermano tomó la silla y entonces procedió a llevarlo al sitio indicado en el sueño. Tras cavar varias veces, Iker sintió el roce de la pala con un objeto duro, siguió cavando y pudo descubrir un antiguo cofre de madera recubierto de cobre en sus extremos. Asombrado del hallazgo, procedió a tomar el cofre por las asas y lo levantó y lo depositó en el montículo de tierra que se había formado cuando cavaba.
Bilbao, no podía creerlo, sus ojos estaban desorbitados, veía con incrédula mirada al cofre que inerte se ofrecía ante sus ojos. Su hermano le preguntó si él lo había enterrado en ese sitio, a lo que le respondió que no. Iker, lo miraba de forma suspicaz, no podía creer que su hermano le estuviese diciendo la verdad. Todavía manteniendo la mirada que se había dibujado en su rostro, le espetó:
-Creo que me estás haciendo una jugarreta- volteando su rostro para evadir al de su hermano
-No jugaría contigo con estas cosas, se que eres un hombre muy ocupado para quitarte tu tiempo en tonterías- le dijo con tono serio a su hermano menor
En vista que su hermano menor seguía expectante con esa mirada de incredulidad, se armó de valor y de paciencia y le contó uno a uno, todos los sueños que había tenido noche tras noche, de la cruel realidad que avizoraban sus sueños y la certeza absoluta de que sucederían una vez concluida ese sueño. Algunos eran recurrentes, otros solitarios; pero todos conformaban una sucesión de hechos que inexorablemente sucedían unos tras otros. Le dijo que todo esto había ocurrido después del accidente, que nunca antes le había pasado, que los fuertes dolores de cabeza que sufrían, anunciaban que quizás algo andaba mal en su cabeza.
Su hermano lo conminó a realizarse exámenes más exhaustivos en el hospital; ya que a su vista, todo esto era muy extraño. A la mañana siguiente quedó en acompañarlo al hospital; ya que le tocaba el control rutinario que tras su accidente debía acudir cada quince días a realizarse un chequeo médico. Bilbao solo le pidió a su hermano menor, que no le comentara nada a su esposa e hijas, no quería causarle alguna pena en caso de que lo que estuviera pasando resultare grave.
A la mañana siguiente se encontraban Bilbao e Iker en el hospital para los chequeos médicos rutinarios que debían realizarle a Bilbao. Iker habló con el médico que atendía a Bilbao y le contó todo lo que su hermano mayor le había dicho. Este procedió a realizar estudios en su cabeza que detectaron la presencia de una extraña formación en el lóbulo frontal del cerebro que oprimía centros nerviosos, así como un anormal crecimiento de la glándula pituitaria.
Le aconsejó volver en unos días al hospital, ha realizarle un seguimiento a su caso y la analogía entre el problema y los sueños recurrentes que sufría.
LA VUELTA A LA TIERRA
Bilbao, reunió a toda la familia y le comentó todo lo que le estaba ocurriendo. Les comunicó que había asistido al hospital, que el médico le recomendaba su hospitalización en un lapso no mayor de una semana para ser sometido a nuevos estudios y hacer un seguimiento con un equipo integrado de profesionales de diversas especialidades donde el neurocirujano sería la voz cantante y quien dirigiría las sesiones de trabajo para estudiar a su enfermedad.
Esa noche Bilbao cenó frugalmente, a pesar que siempre había sido de un voraz apetito. Habló en su dormitorio con su esposa, recordaron cuando se conocieron, lo tosco que le resultaba a ella su accionar, pero su gentileza para con ella, hizo lo que no podían lograr sus cortas palabras.
Se quedó profundamente dormido antes de la medianoche. Esta vez tuvo un sueño, en el sueño se veía en un camposanto y una lápida solitaria de una tumba, en ella había una inscripción. Flotaba y se sentía muy ligero en el entorno, se integró como parte del vuelo de colibríes que formaban un extraño circulo en torno a esa tumba. Trataba de leer el nombre que aparecía, pero era borroso. Dejó de flotar en círculos y quedó muy cerca de la tumba, suspendido a unos pocos centímetros de la grama. Se inclinó para leer la inscripción de la lápida que rezaba: “AQUÍ YACE BILBAO, CIUDADANO EJEMPLAR QUE AMÓ A ESTA TIERRA TANTO COMO A LA SUYA, RECUERDO DE SU ESPOSA E HIJAS”

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