El voyeur
Salía del baño, con paso apresurado se asomaba a su balcón y dirigía su mirada hacia un punto del horizonte. Su mirada -apenas velada por una cortina mecida por el viento matinal- esperaba atenta y ansiosa la aparición de la vecina del edificio de enfrente. Ella todos los mañanas se vestía frente su ventana, con gráciles movimientos se secaba el cuerpo, después se vestía con elegante parsimonia. Luego se dirigía a un rincón del cuarto al cual Inocente no lograba visualizarla.
Resultaba curioso, ya hacía cinco años que hacía esta rutina y no sabía nada de ella. Sus encuentros sólo se reducían a esa ojeada furtiva, que buscaba robarle sus más íntimos secretos. Esto lo llenaba de curiosidad y acrecentaba un deseo que acompañaba su triste y solitaria existencia.
Al día siguiente, en una mañana donde el viento parece apagado, se preparó sin más demora a su liturgia de todas las mañanas. Ese día esperaba tener mayor suerte y poder disfrutar a su anónima amiga en todo su esplendor.
Se sentía de suerte, la cortina corrida a un lado, ya no era obstáculo para poder apreciarla de forma completa. Con ojos que parecían desprenderse de sus orbitas, y con la respiración exhalada en cortos jadeos Inocente la vio totalmente, se encontraba de pie y mostraba su blanca espalda y bien formadas nalgas. Entonces ocurrió lo inesperado.
Ante un giro de su vecina, Inocente casi dejando escapar un grito ahogado por el pánico, pudo observar que su vecina, la que él creía que era su vecina durante cinco largos años, era en realidad su vecino.
Desde ese nefasto día, juró que sus días de voyeur habían terminado.

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