El taciturno y su taxi de turno





Juan era un personaje de mirada triste y profunda, se desempeñaba como maestro pastelero, en una concurrida pastelería, cercana a la única plaza, que marcaba el centro del pueblo. Su vida transcurría en una sucesión de imágenes que se desplazaba de su casa a la pastelería y de esta a su casa, sin más variación de la que tomara el tiempo del viaje en bus hacia su trabajo.

De noche se desplazaba por las polvorientas calles del pueblo, en un viejo Chevrolet año 1958. Con él, se dedicaba a ofrecer sus servicios de taxi en su mayoría a turistas y a mujeres de las que esa sociedad pueblerina llamaba “de la vida alegre” y alguno que otro parroquiano trasnochado con vapores etílicos humeando por su cuerpo.

Entrada la madrugada, regresaba a su casa, cansado y con demasiado sueño, para caer profundamente dormido, apenas su cuerpo tuviera contacto con la cama.

No tenía familia conocida, con apenas días de haber venido a este mundo, había sido encontrado en un basurero por una pareja de mendigos que buscaban comida y cualquier objeto de valor que encontraran en medio de la basura.

La pareja de mendigos, acostumbrados a buscar entre la basura, la comida para el sustento diario, se llevaron la sorpresa de su vida al encontrar a un bebé que lloraba con gran fuerza, envuelto en papel y solo vestido con su llanto, por lo que consideraban este hecho, como algo que les traería mucha suerte en el futuro.

Su infancia transcurrió en medio de la pobreza extrema y su única distracción era acompañar a los dos mendigos, que siempre pestilentes a alcohol, se dirigían a los basureros de las barriadas a buscar en la basura, cualquier alimento u objeto digno de ser llevados a casa.

Juan, para ellos, era una especie de talismán, que esperaban les diera mucha suerte, es por ello que siempre lo llevaban a los basureros. El niño aprovechaba para revisar entre la fétida basura, con la ilusión de encontrar cualquier juguete que alegrara su vida.

Estos dos seres, que lo salvaron de morir en el basurero a temprana edad, lo sometían a una muerte lenta, a seguir viviendo en él, hurgando entre inmundicias, día tras día.

Entre su ignorancia y amor por el alcohol, no podían percatarse de los sueños infantiles que volaban por ese mundo miserable que le había tocado vivir al niño.

Sin educación formal, el niño creció buscando entre la basura, la razón de su vida. A solas, cuando hurgaba entre el montón de desechos, solía extraer cualquier trozo de periódico o revista que encontrara. Entonces, con una mirada curiosa, que se quedaba extasiada ante esos pequeños caracteres que no comprendía, los tomaba y procedía a guardarlos en su mochila, como un tesoro que no quería compartir con nadie.

Algunos años más tarde, en una fría y lluviosa tarde de julio, Juan decidió escapar de todo ese mundo que aborrecía, de una manera tan profunda, que sus ojos tristes cobraban entonces, una magnitud desconocida.
Sólo, y sin idea alguna hacia dónde ir, Juan se dispuso a caminar largo trecho, quería huir de esa ciudad que le traía muy tristes recuerdos. Caminó durante horas para llegar al pueblo más cercano. Lo había hecho sin parar, cubriendo un trecho de unos 15 kilómetros y justo cuando ya su cansado y mal alimentado cuerpo, le estaba pidiendo una tregua, se encontró con oxidados letreros que le anunciaban el nombre del pueblo y le daban la bienvenida a los forasteros que por allí pasaran.

Deambuló semanas buscando empleo, solía acudir a la plaza a dormir cada noche, y descansar su agotado y maltrecho cuerpo. En su viejo morral, sólo había un mendrugo de pan que le había dado un alma noble a las afueras de la iglesia. Todavía conservaba los viejos trozos de periódicos, que ya amarillos descansaban en el fondo del bolso.

Un día, ya al amanecer, se despertó por unos bruscos movimientos que sacudían a su cuerpo. Entornando los ojos, y tratando de quitarse la viscosidad que los cubría, trataba de ver una negra imagen que a manera de bulto se aparecía ante sus ojos. La imagen de lo grande que era, casi le tapaba el sol. Una vez despierto, reconoció la voluminosa y bonachona figura del cura de la iglesia, que lo increpaba

–   Qué pasa padre ?, qué pasa ? – dijo el muchacho con voz acelerada.
–    Levántate muchacho, que necesito un monaguillo para la misa de hoy- exclamó con voz gutural.
–    Ven conmigo, para que te des un baño y te pongas ropa limpia, dentro de una hora comienza la misa-      dijo la bonachona figura.
–    Padre, es que ni siquiera sé rezar, además, no sé leer- soltó el muchacho
–    No importa hijo mío, ya irás aprendiendo en el camino- exclamó con autoridad el padre.

Se incorporó del banco de la plaza y se fue caminando con el cura. Dirigiéndose ambos hacia un lugar, que marcaría de manera importante el rumbo de la vida del muchacho.

Ya en la iglesia, Juan se encontraba con ropa limpia, y vestido de monaguillo. Se sentía extraño, ese baño le había dado nuevas energías y se sentía bien dispuesto a enfrentar ese reto, que le imponía esa nueva condición en su vida.

Esta situación supuso para Juan, asegurar un techo donde dormir y comida segura las tres veces al día. La única condición que le habían impuesto, era de que debía aprender un oficio que le sirviera para sostenerse y ser útil a la sociedad.

Las damas de la sociedad del pueblo preparaban cursos de oficios, dirigidos principalmente a jóvenes, que como Juan, no habían tenido la oportunidad de aprender algún oficio o profesión. Entre los cursos que ofrecían, estaba el Curso de Pastelería Básica, curso que tomó sin pensarlo dos veces.

Durante tres meses Juan estuvo asistiendo al curso, el cual seguía con denodado interés y disciplina espartana. El curso se iniciaba con el proceso de preparación de la harina de trigo en la fabricación de diversos tipos de pan. Luego, aprendió hacer pasteles sencillos que comercializaba la Iglesia del pueblo, los cuales comenzaron a tener gran demanda entre los lugareños.

Al poco tiempo aprendió a conducir la vieja camioneta de la Iglesia, dentro de la cual iban los diferentes tipos de pasteles que se distribuían en el pueblo, con lo que la iglesia lograba obtener no pingues ganancias.
Sentía que aprendía muchas cosas rápidamente, pero cada vez que revisaba sus exiguas pertenencias, encontraba siempre el mismo trozo de papel amarillento, que le recordaba la fascinación que sentía por esos extraños caracteres y la absoluta certeza de su ignorancia al no poder descifrarlos, lo dejaba con honda tristeza.

Se prometió a sí mismo, que de tener la oportunidad, buscaría la forma de aprender a leer por su cuenta. Ya él entraba en los diecinueve años de edad y sentía mucha vergüenza de acudir a la escuela para aprender, se sentía ridículo al imaginarse estudiando entre niños, que podían ser los hermanos menores que nunca tuvo
.
A los pocos meses, el cura de la iglesia, viendo la disposición de Juan y lo responsable que era con su trabajo de pastelero, estuvo en la disposición de ofrecerle un sueldo, que siendo poco, le servía para poder mantenerse y ahorrar una parte.

El sueño de Juan era poder comprarse un vehículo, para trabajar de taxista ahora que tenía las posibilidades, quería aprender más de la vida. Le parecía que el contacto diario con extraños, lo salvaría en parte para llenar el vacío cultural que significaba ser analfabeta a su edad.

Al poco tiempo le ofrecieron un empleo como maestro pastelero, por la gerencia de una nueva pastelería, que inauguraban en el pueblo. El nuevo empleo le ofrecía ventajas salariales que la iglesia no podía, ni estaba en disposición de cubrir.

La noche del día que le hicieron la oferta de empleo, no pudo dormir, se limitó en pensar, en esa nueva vida que se abría ante sus ojos. Meditaba una a una, las palabras que debía decirle al hombre que le dio techo y comida desde que llegó al pueblo, el cura Francisco, que así se llamaba, y al cual le había tomado cariño y consideración.

A la mañana siguiente con profundas ojeras, que como testigos mudos de la noche anterior le acompañaban, sentado a la mesa de la cocina de la iglesia y cabizbajo, sintió una mano que lo asía por el hombro y una voz que le preguntaba:

–   Qué te pasa hijo, te siento extraño y estás muy callado- dijo el padre.
–   Nada padre, sólo que anoche no dormí- respondió el muchacho.
Antes de que el padre pudiera decir otras palabras, el muchacho lo atajo:
–   Padre, debo hablar con usted- dijo con voz lacónica el muchacho.
–    Soy todo oídos, hijo- exclamó la obesa figura.

Juan se explayó largo tiempo hablando con el cura, le habló de sus sueños y de su agradecimiento por todo lo que había hecho por él. Le dijo que debía intentar superarse y le habló de sus proyectos a corto plazo, le hablo sobre los beneficios que recibiría en su nuevo empleo y de su decisión de ahorrar para comprar un vehículo.

A la semana ya Juan, se encontraba en su nuevo empleo, como flamante “maestro pastelero” condición que se había ganado a pulso y a través de su interés por su trabajo.

Gracias a su dedicación en el empleo fue tomado en estima por los propios dueños de la pastelería. Ellos reconocieron en él su esfuerzo, que en gran medida ayudó a elevar las ventas de sus pasteles de manera significativa.

Pasó el tiempo y ya Juan había ahorrado lo suficiente como para poder comprarse un vehículo, que aunque usado, le serviría para ofrecerlo de taxi en las noches, a turistas y a lugareños.

Sus primeros clientes fueron las prostitutas, que Juan esperaba a la salida de los lupanares donde trabajan y ofrecía llevarlas a sus casas por un preció solidario.

Estas incursiones nocturnas, junto con su trabajo del día, le abrieron a Juan, una panorámica nunca antes vista por él. En el camino hablaba con sus habituales pasajeras de diferentes tópicos y de sus relaciones con borrachos, malvivientes y cualquier ser nocturno que requeriría de los servicios de ellas.

Allí se encontraba Juan, analfabeta del amor y de la vida, ya entrando en los 22 y no sabía nada de la vida. Jamás se había preguntado por el amor o el deseo, por tener a una mujer y conocer ese amor que yacía oculto en él, quizás olvidado en su lucha por sobrevivir.

De todas sus habituales pasajeras, sólo con una se sentía cómodo y atraído. Ella se llamaba Afrodita, como la diosa griega del amor. Era una mujer espectacular, que causaba una extraña conmoción en él. Cuando ella abordaba el taxi, Juan sentía correr por su cuerpo extraños movimientos telúricos que sacudían su cuerpo como espasmos, que con una frecuencia inusitada lo asaltaban una y otra vez.

Una noche del invierno más feroz que haya sacudido al pueblo, Juan debía recoger a Afrodita a la misma hora habitual de siempre. Ella llegó cansada y con la mirada acompañada de una profunda tristeza. Juan, se disponía a tomar la ruta que le llevaba a la casa de ella, cuando ella lo detuvo, y tomándolo por el brazo le expreso:

–    Hoy no quiero ir casa, necesito charlar un poco con alguien- dijo con profunda melancolía.
–    Es tarde ya- dijo sorprendido Juan
–    Bueno, entonces me iré caminando- dijo ella
–    No es preciso- dijo Juan, ya alterado con las mismas explosiones telúricas de antes.

Ella, lo miró con una mirada de ternura que lo conmovió, jamás había visto una mirada así. Volvió a sentir esas sensaciones que sacudían su cuerpo, cada vez que la tenía cerca.

El estaba demasiado nervioso para articular palabra alguna. Ella, que con su experiencia de mujer, ya conocía muy bien estos síntomas, lo atrajo hacia sí, y con un beso largo y tierno lo estremeció, dejándolo sorprendido, pero a la vez maravillado de lo que había sentido.

Lo subió a los cielos en el primer día. Ella era especial y él lo sabía.

Entusiasmado, y envalentonado por esta repentina y genuina acción, él le contó todo sobre su analfabetismo, le contó lo que le había hecho a dos prostitutas que se burlaron de él, cuando no supo leer los avisos viales que señalaban la ruta a seguir. Las había golpeado y asfixiado, llenando sus gargantas con la masa con que preparaba los pasteles.

Después, desprendiendo los viejos trozos de periódico que guardaba desde niño, iba pegándolos en sus cuerpos, como un siniestro collage que trataba de darle significado a su ignorancia. Ahora los caracteres en esos cuerpos, empezaban a cobrar vida y a justificar su existencia. Ahora el lenguaje era claro.

Ella lo miró con una mirada comprensiva y llenar de amor, tomándole la cara entre sus manos, le dijo
–   No te juzgo, acabo de matar al hombre que dañó mi vida- exclamó en medio de una risa tipo Mona Lisa
.
Ahora ella lo había subido al cielo y bajado al infierno en un solo día.

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