LA LLAVE
Todas las tardes solía recorrer con rutinaria parsimonia el camino al parque. Este se encontraba no muy distante de la oficina donde me desempeñaba cono contador desde hacía unos cinco años. Esta rutina diaria venia acompañada en mis pasos arrastrados por el gris pavimento.
Un manto de hojarascas teñidas de un ámbar ceniciento anunciaba a cualquier advenedizo que transitara por esas calles, la presencia del otoño. La brisa fresca de la tarde azotaba con deliciosa dulzura a mi rostro.
Tras caminar unos cinco minutos llegaba al conocido banco del parque en el que me sentaba y estiraba mis larguiruchas piernas y los brazos cual felino desperezándose. Después de esto me incorporaba y adoptaba una posición más correcta y saludable para mi espalda. Me gustaba observar a las personas que paseaban por el parque y preguntarme quienes serían, que sería de sus vidas en su cotidiano anonimato.
Tan relajado y distraído estaba, que no había notado que una pequeña anciana de cuerpo enjuto y cara marcada por miles de surcos, se había sentado justo en el banco donde me encontraba sentado. La anciana halándome del brazo me dijo:
– Oiga joven, oiga- con silbatina voz
– Perdone señora, ¿qué quiere?- la increpé con anodinas palabras-
– Necesito un gran favor suyo-exclamó la anciana-
– Soy todo oídos- dije no muy convencido-
-Necesito entregarle algo con urgencia- dijo mostrando una hilera de dientes desgastados.
– Está bien, puede decirme de que se trata.
La anciana abrió una vieja cartera que cargaba y extrajo un sobre amarillento y extendiendo el brazo me lo ofreció, acompañado la acción de repetitivos ademanes afirmativos.
Recibí el sobre, entonces como movida por un resorte y sin decir más palabras, la anciana se incorporó del banco y se fue alejando hasta perderse en el camino.
Sentía una extraña curiosidad ante lo inusual de esto que me había pasado. No quería llegar a mi apartamento para ver lo que contenía el sobre. Abrí el sobre rompiendo el lacre que se había colocado, haciendo más misteriosa la acción de abrirlo. En ese momento me sentí como un curioso arqueólogo en la búsqueda de un antiguo tesoro.
En el sobre se encontraban una carta y unas llaves de bronce. En la carta sólo se hacía mención a una dirección y a un cofre. Para sumarle más ingredientes a mi curiosidad, todo esto me parecía una especie de acertijo que había de descifrar.
No había que esperar más, me dirigí directamente a la dirección señalada en la carta. Llegué a un vetusto edificio de apartamentos cercano a la Plaza mayor de la ciudad. Subí con pasos agigantados al segundo piso y echando una rápida ojeada ubique al apartamento que marcado en placa de bronce que señalaba el 2-B.
Con manos temblorosas saqué de mis bolsillos la llave que abriría las puertas que desvelarían el misterio de unas llaves y un cofre con su contenido desconocido. En el pasillo había un silencio que sólo fue interrumpido por el chirriar de una puerta tras la acción de la llave sobre el cerrojo.
Traspasé el umbral y me encontré con una gran sala con un sillón en centro de ella. En el sillón se encontraba una figura sentada que no se inmutó con mi entrada. La luz era mortecina por lo que procedí a encender unas lámparas para iluminar mejor la estancia. Ahora con mejor iluminación, pude detallar la figura de un anciano que sujetaba con las manos un cofre de madera con bordes metálicos semejantes al bronce.
Pensé que el anciano dormía, por lo que me acerqué y pude notar un tinte azulado-verdoso en su piel que me impresionó, lo toqué repetidamente en el hombro, pero su cuerpo estaba rígido y muy frio. Intenté decirle algo al anciano, pero era inútil, no obtuve repuesta alguna.
El pánico se apoderó de mí y con el corazón latiendo con la furia de mil caballos desbocados, traté de tomar el cofre de las manos del anciano, pero este la sujetaba con una fuerza increíble, la rigidez de su cuerpo no me permitía hacerme con el cofre. Intenté de nuevo, tomando aire para con nuevas fuerzas arrancarle el cofre al anciano, Nada, era imposible que soltara la caja.
Lanzando malas palabras al aire, me preguntaba cómo no iba a tener fuerzas para tomar el bendito cofre y largarme de ese lúgubre lugar. Tomado por una locura repentina, comencé a halar el cofre con violentos movimientos de mis brazos.
Imposible-me dije- A este parecen haberle soldado el cofre a sus manos
Tomando nuevamente aire, intenté aplicar toda mi fuerza y con bruscos movimientos arrancar el cofre; ya era un paroxismo aquello. Con movimientos frenéticos seguía intentándolo.
Y entonces sucedió lo inesperado.
Un violento sacudón de mi brazo, me despertó y me liberó de una madeja de sabanas que lo aprisionaba.
En vano intenté encontrar una llave y un cofre que al despertar mis manos aún buscaban.

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