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Desesperado

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Siento un frío que me cala los huesos, un dolor punzante que atraviesa mi estomago y lacera mis entrañas. Esta soledad y el dolor que siento me aterran.  Camino como ciego asiéndome de los pocos muebles que me quedan, en esa sabana inmensa que es ahora mi casa. Sigo caminando encorvado por el agudo dolor, casi sin brújula, sin destino, sin GPS que pueda salvarme. Al fin la encuentro, frente a mí, a ella, con su frialdad imponente, esperando que acaricie sus brazos. Alcanzo a tomar su abrazadera y abrir su puerta. Adentro, me espera la comida congelada que guardo desde su partida.

LA LLAVE

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Todas las tardes solía recorrer  con rutinaria parsimonia el camino al parque. Este se encontraba no muy distante de la oficina donde me desempeñaba cono contador desde hacía unos cinco años. Esta rutina diaria venia acompañada en mis pasos arrastrados por el gris pavimento. Un manto de hojarascas teñidas de un ámbar ceniciento anunciaba a cualquier advenedizo que transitara por esas calles, la presencia del otoño. La brisa fresca de la tarde azotaba con deliciosa dulzura a mi rostro. Tras caminar unos cinco minutos llegaba al conocido banco del parque en el que me sentaba y estiraba mis larguiruchas piernas y los brazos  cual felino desperezándose. Después de esto me incorporaba y adoptaba una posición más correcta y saludable para mi espalda. Me gustaba observar a las personas que paseaban por el parque y preguntarme quienes serían, que sería de sus vidas en su cotidiano anonimato. Tan relajado y distraído estaba, que no había notado que una pequeñ...

El voyeur

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Inocente solía levantarse todos los días, con meridiana puntualidad a las cinco de la mañana. Desperezaba con felina manía su larguirucho cuerpo e incorporándose de la cama se dirigía al baño, donde tomaba una ducha, que le tomaba diez minutos. Una vez terminado el baño, salía de la ducha y con un movimiento veloz tomaba su toalla y se la colocaba-casi sin secarse- alrededor de la cintura. Salía del baño, con paso apresurado se asomaba a su balcón y dirigía su mirada hacia un punto del horizonte. Su mirada -apenas velada por una cortina mecida por el viento matinal- esperaba atenta y ansiosa la aparición de la vecina del edificio de enfrente. Ella todos los mañanas se vestía frente su ventana, con gráciles movimientos se secaba el cuerpo, después se vestía con elegante parsimonia. Luego se dirigía a un rincón del cuarto al cual Inocente no lograba visualizarla. Resultaba curioso, ya hacía cinco años que hacía esta rutina y no sabía nada de ella. Sus encuentros sólo se reducían a esa oj...

Extraño dolor

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Hace una semana que me duele terriblemente la espalda. He tomado sin prescripción médica algunos fármacos para aliviar tan tremendo dolor. Los fármacos han hecho que se produzcan en mi, alucinaciones y sueños que escapan de la realidad de este mundo. Hace una semana que a pesar de sentir una paz interna, como nunca antes había sentido, me inquietan visiones que se anticipan a este tiempo y proyectan en mi mente visiones de cosas por venir. Hace una semana que ese dolor lacera mi espalda, como asolada por la acción del látigo del verdugo sobre el condenado. Con el dolor punzante sobre mi espalda adolorida, sólo pienso que este pase, que pase pronto. Mientras y como burlona paradoja, el estado de paz en mi persiste y eso me reconforta de tanto sufrimiento. Hace una semana que comencé a ver al mundo de otra forma, con sus cosas bellas y otras no tanto, a comprenderlo un poco más, a darle un poco más de sentido a mi misión en la vida. Hace una semana que les di meno...

Ella

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  Está de pie. Su mirada se pasea por ese bello y desnudo cuerpo que tantas veces lo ha cobijado. Se pasea por su cabellera, que algo desordenada implora la presencia de algún cepillo de cerdas para ordenarla. Su espalda de una nívea blancura, refleja la palidez de una luz mortecina que apenas llega a cubrir toda la estancia. Su mirada recorre con ojos titilantes sus piernas, poderosas murallas, que como columnas han sabido a través de estos años, de estos cortos años, soportar su grácil silueta. La mira toda, extasiado todavía a estas alturas de la vida, ante tanta belleza. La mira otra vez y vuelve de nuevo a la realidad. Recuerda que debe llamar con urgencia al forense para retirar su cuerpo.

Bilbao

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EL INMIGRANTE Llegó a Venezuela a finales de la década de los 50, en plena dictadura del General Marcos Pérez Jiménez, en la oleada de ciudadanos de toda Europa, pero principalmente de la península Ibérica que en la búsqueda de nuevos horizontes habían decidido cruzar el gran charco, con sus sueños y sus maletas a cuestas, para establecerse en la América, la lejana y misteriosa, la prometedora, la cautivadora, la misteriosa América. Su nombre era Antxo, era de una corpulencia que no hacía juego con su pequeña estatura. Hombre de modales toscos, sabía lo que era ganarse la vida con el sudor de su frente. Se había casado muy joven con Rosario, una bella joven de grácil figura que conoció en su pueblo natal y que le robó el corazón desde la primera vez, desde esa bendita primera vez que la vio caminando por la plaza, aquella que distaba a pocas cuadras de su casa. Desde ese primer día, no pasó mucho tiempo para que Antxo se hiciera novio de Rosario. Ya a los seis me...

MI amigo Andrés

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Le llamaban “Gertrudis” así solían decirle. Era larguirucho y con la piel casi violácea, que reflejaba su origen africano. Era el motivo de burla de los muchachos del barrio, que con sus chanzas tomaban por asalto a Andrés, que era su verdadero nombre . Desde que lo conocí, me hice su mejor amigo. Recuerdo cuando yo llegaba a casa con la ropa sucia y los nudillos rotos por defenderlo. Pero un día, ya cansado de las peleas que a diario tenía, pensé que esa no era la solución. Decidí ser líder y mis palabras anunciaron el fin del hostigamiento contra Andrés.