Un dia distinto



Amanecí un día como cualquier otro: pero noté que había algo en el ambiente que lo hacía distinto, en efecto se sentía que era un día distinto, desde que me levanté sentí una frescura en el aire que hasta ese momento pocas veces había sentido. Salí de la cama con disposición de ir al baño a darme una buena ducha, sentí que el agua manaba generosamente, que me purificaba, que me limpiaba no sólo el cuerpo, sino el alma. 

Al salir a la calle la gente mostraba un rostro amable y relajado, no había gestos sombríos, ni nada parecido. Antes de cruzar el paso peatonal me di cuenta que los conductores se habían detenido al cesar la luz amarilla del semáforo, crucé la isla que daba a la otra acera y respiré reconfortado de lo bien que me había sentido en ese momento, quizás por los malos recuerdos que siempre mi memoria guardaba, no sin razón por cierto. Los malos pensamientos se borraron al notar que los vehículos que transitaban por la avenida no expelían por los tubos de escape esa cortina gris plomizo que se alejaba y ascendía, evaporándose de mi vista, no sin antes molestar a mis pulmones. 

Caminé por la amplia avenida y al paso que iba, respondía los buenos días de los transeúntes que pasaban a mi lado. Los gestos se multiplicaban en la medida que iba llegando a la estación del metro, lugar en el cual tomaría el tren hasta mi sitio de trabajo. 

Entré en un vagón y di los buenos días, recordando quizás lo amable que habían sido los compañeros de acera en el trayecto hacia al metro, ya en el vagón que estaba a medio llenar, le dirigí los buenos días a un pasajero que estaba cercano a la puerta por la cual había penetrado al vagón y en eso escuché una voz, que salía de una garganta que sonaba conocida:

- Henry, párate, se te hace tarde para llegar al trabajo.
- Ya voy, le dije con voz cansada a pesar de lo temprano del día.

En ese momento supe que los sueños, pueden parecer realidad, aunque sean utopías.

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