EL PRIMER DIA DE CLASES




Salgo de casa con uniforme nuevo, zapatos nuevos bien pulidos, mis primeros cuadernos y lápiz con punta peligrosamente afilada. Mi mamá va callada y solo empieza a pocos metros de llegar a la escuela, la consabida letanía de que me quede tranquilo, que me porte bien, que sea bueno con los demás niños, que no ensucie el uniforme, que no deje de comer la merienda y un largo etcétera. Me da un beso y se despide dejándome ante el gran portal que da a los salones, en este momento entro en un estado de indefensión ante el nuevo mundo que se me presenta; así de golpe, sin desearlo, ni esperarlo.
Nos conduce al salón la maestra X, quien será la encargada de darnos clase y aguantar las tremenduras propias de unos niños de seis años de edad. La maestra usa un vestido largo que le da más abajo de las rodillas, en la cabeza un cintillo que le lleva hacia atrás una hermosa cabellera negra, habla y cuando lo hace, a pesar del tono amable que usa, sus ojos se desorbitan un tanto, dándole un toque extraño a su rostro. El sueño casi está por vencerme, observo unas figuras colgadas en la pared del fondo que en diversas acciones reflejan cada día de la semana. Mis ojos pestañean y mi cabeza hace movimientos a manera de péndulo que denotan la pesadez del momento. Mi cabeza va y viene en oleadas de abrir y cerrar de ojos. El sonido de una chicharra metálica que a manera de timbre se escucha, anuncia el recreo y el momento de la esperada merienda. Salgo al patio a corretear un poco, en ese momento recuerdo que en el bulto tengo guardado un panque Once Once que he llevado para merendar. Me inclino a recoger el bulto escolar del pupitre y recibo la sorpresa de mi vida, cuando consigo el papel del panqué con minúsculos restos de lo que originalmente contenía.
Desde ese momento supe que no podía confiar más en esos pilluelos.

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