DOS VIDAS, QUIZAS
Ella no se parecía a otra mujer conocida, impaciente aguardaba por un cambio en su vida, quería vivir en segundos lo que en años no había podido vivir. Tenía prisa, quería beber de la vida el último sorbo, porque sentía que su garganta estaba seca, que no había tenido el tiempo suficiente o quizás, que no lo había sabido manejar lo suficiente.
Ella exigía del amor hasta la última gota de sangre que corriera por sus venas, esto era una paradoja, al pensar que en su juventud tuvo un mutismo realmente sorprendente, ella no expresaba, no sentía, no sufría. Su vida hasta ese momento era gris como el techo de los días de invierno, sin la presencia de ese sol que iluminara sus días.
Ella era distinta, tan distinta que no parecía real, por eso llegué a quererla; pero no con la suficiente fuerza que su casi marchito corazón requería, más bien con una frecuencia que rayaba en lo espasmódica. Ese corazón quería latir de nuevo con la energía que tiene un amor joven, con las mismas ganas y las mismas expectativas; pero el tiempo es implacable cuando se trata de juzgarse a sí mismo, el tiempo escurrido entre las penas y los sentimientos restringidos era agua que se perdía sobre terreno estéril; era la vida que se le iba y ella no lo notaba.
Un día ella decidió dar el salto, quizás sin ver las consecuencias que le deparaba el destino, ese destino que se labró a fuerza de no saber que era el amor, para ella el amor era tan ambiguo como sus mismas decisiones, en eso era inconstante, quizás esos años de esperar por una quimera que no estaba bien dibujada; bien definida; sólo era un boceto mal trazado de lo que ella creía que era la vida y de cuanto amor podía entregar esperando ser retribuida algún día.
Ella creyó amar y sólo al final supo que no entendía lo que era el amor y que quizás nunca llegaría a saberlo, pensó tal vez que necesitaba más de una vida para explicárselo.
Por eso la decisión fue rápida, solo bastaron segundos para ahogar sus dudas y acallar sus sufrimientos.

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