SOPOR NÚMERO 7
Despierto y vuelvo a sentir el cuerpo congelado por el miedo, ese miedo que experimento cada vez que la pesadilla recurrente llega a invadir mis sueños; la continuación de escenas en fotogramas vistos en la profundidad de los sueños, seres desconocidos que se mezclan en una variopinta sucesión de imágenes con los ya conocidos.
Me resulta imposible interpretar símbolos tan ocultos en las imágenes que con una nitidez que espanta, se presentan en las horas de sueño. Esta representación de imágenes oníricas las vivo con intensidad y me agotan totalmente cuando mi cuerpo y mente llegan juntos al plano terrenal, al plano de la realidad, entiendo entonces que la vida está compuesta por pasajes ya soñados; ellos pasan de un mundo etéreo al mundo real esfumándose o solidificándose según el caso o los avatares del destino.
Los sueños son como un mundo con una especial viscosidad donde los personajes se mueven a una velocidad superior a la de la vida real, esa viscosidad paradójicamente te hace más rápido. Se funden planos distintos en nanosegundos, sumergiéndote en ellos; pasando a través del tiempo como a semejanza de la acción de cruzar una calle que se encuentra a la vuelta de la esquina.
Duermo de nuevo y se crean otros escenarios donde siempre estoy en primera persona, dominando las dimensiones, aunque sea el sueño quien domine las acciones. En esos momentos en los cuales los sueños me trasladan a otros mundos desconocidos, no encuentro la respuesta al misterio que en ellos se presenta y del cual suelo ser protagonista; lo normal después de esto, es que despierte con la apariencia de un sarcófago egipcio, con mis extremidades anquilosadas en un mutismo acinético.
Mi cuerpo poco a poco se adapta al pase de un plano a otro y mi mente se adapta a este cambio antes de mi cuerpo. Sueño y despierto; aún despierto, sueño con mundos irreales, lo difícil es traspasar la realidad a los sueños e ir de los sueños a la realidad.

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