LAS LINDAS TAMBIEN VAN AL BAÑO
No se inmutaba ante nada, las preocupaciones cotidianas resbalaban por su bello rostro y se esfumaban en el aire, era la belleza más gélida que jamás haya visto. Siempre pensaba en ella, aún en sueños la recordaba, el problema era que se había transformando en un karma, que azotaba mis pensamientos e invadía noche tras noche mis sueños. Muchos años habían pasado desde la última vez que la vi, cuando de nuevo lo hice comprobé en ese momento que nunca estuve equivocado, seguía estando endiabladamente bella a pesar que ya rondaba los cincuenta; parecía cual Fausto que había hecho un pacto con el diablo. Decía entre risas que lo suyo era genética pura, por eso los años no dejaban huellas en su rostro. Abstraído mientras conversaba con ella, pensaba más bien que era el no preocuparse por nada, ni por nadie, el secreto de su belleza. Casi llegué a la conclusión de que tampoco estuve equivocado al dejar pasar ante mis ojos, la oportunidad de expresarle lo que sentía por ella. Contándome sus cosas, me confesó que estaba casada con un hombre mayor que ella, posesivo y demasiado celoso para los cánones convencionales. Tenía dos hijos ya adolescentes, los cuales engendró años después de haberse graduado en la Universidad. Ella había pasado años entre libros y amores inconclusos, hasta que cansada de esa vida y de los amores a medio tiempo, conoció al hombre que hoy la posee en lugar de mí. Le pregunté porque había decidido verme después de tantos años y me contestó que por curiosidad lo había hecho, descubrí en ella; mas que un bello rostro, algo que para mí se había mantenido oculto hasta ese día; ella no poseía un corazón; en su lugar había una caja vacía que daba impulsos mecánicos a su extremidades para caminar y ordenes a su cerebro para calcular. Recordaba como usaba sus encantos para conseguir lo que quería, quizás nunca lo había sopesado, ahora con la frialdad que te proporciona la distancia y el tiempo, mis sentidos han conjugado esa jugarreta del destino.
Ese encuentro me salvo del infierno de seguir condenado a una quimera y hoy puedo confesar ante todos y exclamar a viva voz, que las lindas también van al baño.
Ese encuentro me salvo del infierno de seguir condenado a una quimera y hoy puedo confesar ante todos y exclamar a viva voz, que las lindas también van al baño.

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