La sirena


La bruma avisaba su presencia sobre las rocas del acantilado, cual densa cortina de blanco, que al caer, tapizaba al mar. El hombre remaba en su bote, con un ritmo acompasado con los latidos de su corazón. Era tarde, quizás demasiado tarde para alcanzar un solo pez y atraparlo en sus redes, para luego llevarlo como orgulloso botín de guerra, a la cocina de su cabaña.

En la soledad del mar encrespado, las horas pasaban como si fuesen minutos, demasiado rápidas para contarlas, demasiado rápido para evitar la loca marea, que hacía bambolear el bote cada vez que la tarde caía. El cansancio y el sueño, hacían que el cuerpo del hombre se relajara, en una especie de narcosis que lo vencía y contra la cual no parecía dispuesto a oponer resistencia.

De pronto y casi como una imagen celestial, la vio a ella. Estaba sentada sobre una roca que se asomaba sobre las aguas. Su larga y hermosa cabellera, se ofrecía como marco a un rostro demasiado bello para ser real, demasiado angelical para ser de este mundo. No pudiendo dar crédito a lo que sus ojos veían, buscó en su viejo saco de cuero, una botella del escocés que siempre lo acompañaba cuando salía a aventurarse en su viejo y fiel bote. En un movimiento brusco subió el brazo e inclinando la botella, se la llevó a la boca y bebió un largo sorbo.

El escocés, esta vez no le dio bríos, solo lo sintió como una llamarada que quemaba su garganta. Allí seguía ella, como expectante, con la brisa marina jugando con su hermosa cabellera. En ese momento, supo que los viejos cuentos que hablaban de sirenas, eran ciertos, el era testigo de esa imagen que casi estaba a su alcance, que se encontraba sólo a metros de ser palpada por sus manos bronceadas y callosas, quizás demasiado sensibles por tanta sal marina.

Sintió deseos de abandonar el bote y nadar hasta ella, las fuertes olas hacían que el bote se moviera como una simple hoja de papel movida por el viento. En un acopio de valor y fuerzas, se lanzó a las oscuras y profundas aguas para nadar hacia ella. Mientras lo hacía, gritaba palabras para llamar su atención y hacerle ver que no estaba sola, que él también se encontraba allí, que el mar encaprichado esta vez lo había premiado, al ofrecerle tan divina y mágica visión.

Sentía que las aguas del mar embravecido se lo tragaban, el agua entraba a borbotones por su boca ya estaba sintiendo que perdía la batalla, que se ahogaba. En pocos segundos imaginó tantas cosas, que pensó que se estaba despidiendo de este mundo. Recordó sus primeros encuentros con el mar, cuando de niño solía jugar en la orilla de la playa, su afición por construir muñecos de arena y su tristeza cuando venía una ola con la fuerza suficiente, como para rebasar las murallas y hacerle perder en unos pocos segundos, su esfuerzo de todo el día.

De pronto, como Moisés salvado por las aguas, sintió que una mano lo tomaba por el brazo y lo sacaba de una muerte cierta, con los ojos nublados por la espuma que formaban las olas, apenas podía distinguir a una figura borrosa, que cercana a él, lo abrazaba y terminaba dejándolo a salvo sobre la misma piedra donde momentos antes, había visto a la que pensaba era una sirena.

Extenuado, ya casi sin fuerzas reposaba sobre la piedra. El agua que antes había tragado a borbotones, salía como un débil volcán por su boca. Ya a salvo, pudo ver con claridad a su ángel protector, era ella, se sintió bendecido por tenerla ante sus ojos, su belleza le iluminó tanto el rostro, que abriéndolos desmesuradamente, pudo al fin contemplar la maravilla de encontrarse, ya no con una leyenda, de esas que hacían mención en sus viejas tertulias los pueblerinos, en el único y apestoso bar del pueblo, sino con una verdad, que a pesar de todo sus ojos no dan crédito.

Ella no le hablaba, sólo le transmitía en pensamientos y él entendía. Trataba de entender todo esto que le estaba pasando, a un simple mortal, a un modesto pescador, que ese día no había podido atrapar un solo pez para llevar a casa, pero que se había llevado a uno mayor, al mejor y más bello de todos los que pudiese pescar en su rutinaria vida.

Todos los pensamientos que ella le transmitía ahora los recibía con menor dificultad, ya parecía una conversación de dos mortales que se encuentran en franco dialogo. Ella le comunicó que necesitaba reproducirse con un humano; ya que su especie estaba a punto de extinguirse y él sería el elegido para conseguirlo. Lo acercó a ella y en un extraño rictus de pasión, comenzó a frotar su cuerpo contra él, el roce de sus escamas le producía un escozor al pescador, pero los besos de ella le hacían olvidar todo. Eran dulces como miel, su lengua hurgaba con ansiedad la boca de él y ella empezó a mover su cola cada vez con más fuerza golpeando su cuerpo repetidamente, el se sentía único en ese momento.

Un suave golpe en la cara e intenta abrir lentamente los ojos. Vuelve a tener esa visión poco clara, que ya antes había experimentado. Abre bien los ojos y se ve acostado en el bote, con la botella de escocés vacía, no ha inclinado todavía su cuerpo que yace inerme en el bote, cuando ve al lado de su cara a un pez que en movimientos espasmódicos, lucha contra la muerte y vuelve a golpear su cara una y otra vez más.

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