La charcutería de Juan







El flaco, así lo llamaban los que lo conocían en el pueblo. Era un ser desgarbado y macilento, con fama de taciturno y con una mirada que a ratos no acompañaba lo que decían sus labios.

El flaco, cuyo nombre verdadero era Juan, encargado de la charcutería principal del pueblo, ubicada en una esquina cercana a la única iglesia existente en muchas millas a la redonda. La iglesia ofrecía todas las tardes servicios de misa a las 6:00 p.m. y a ella acudían con puntualidad los lugareños a expiar sus culpas, pedir favores a los santos o sólo para hacer vida social.

Juan acudía como tantos otros a la misa, con una devoción que a través de los años se había acrecentado. Dentro de la iglesia se transformaba en otro ser, que distaba mucho de esa imagen que transmitía a todos en su rutina diaria y de la cual era objeto, no en pocas ocasiones, de bromas pesadas y chanzas.

Juan siempre se sentaba en los últimos bancos de la iglesia, su figura desgarbada lucía extraña cuando se arrodillaba para seguir las oraciones, que en sagrada jerigonza soltaba el sacerdote. Sus 1,95 metros de estatura y su extrema delgadez lo hacían ver como un basquetbolista de la selección de un campo de concentración nazi, sus manos largas y huesudas asían con rigidez cataléptica el espaldar del banco.

La charcutería de Juan era visitada por los pobladores que desde tempranas horas de la mañana se agolpaban en la puerta del recinto, buscando con denodado afán, que rayaba en el frenesí, las ricas chuletas de cerdo, las frescas carnes y alguna que otra salchicha, cuya preparación, secreto bien guardado por Juan, la hacia la reina de los productos que allí se expendían.

Juan vivía sólo, en una casa que había heredado de su abuela y que databa de principios del siglo XIX. Esta casa hecha de vetusta madera, era el único lugar donde él se sentía a gusto, en ella descansaba unas pocas horas, para luego levantarse de su fugaz reposo, para seguir laborando y preparar que las cosas tuvieran a punto para ser vendidas al día siguiente.

En una amplia cocina iluminada por una luz mortecina, se vislumbraba un enorme bulto rojizo sanguinolento que reposaba inerme sobre una gran mesa de madera. La mesa de un color cobrizo pálido, mostraba en su superficie recuerdos de grandes batallas, que habían dejado sobre ella heridas que a manera de zarpazos, le conferían un singular aspecto y atractivo.

Juan, con energía ligeramente renovada, empezaba la faena diaria que noche tras noche lo mantenía ocupado hasta bien entrada la madrugada. En la mesa se oía, con la precisión del mecanismo de un reloj, el incesante golpeteo que sobre la mesa realizaba Juan con un enorme cuchillo, el cual separaba en forma despiadada la carne de los huesos, materia prima que se convertiría en los productos que se exhibirían a la mañana siguiente, en las neveras de la charcutería. Al final, exhausto se iba a la cama a librarse del cansancio que le calaba los huesos, que le dejaban hondas sombras bajos sus parpados y que conferían a su rostro esa extraña y enigmática mirada que acompañaban a un larguirucho cuerpo, como alma impenitente.

Todos los días transcurrían de la misma forma, el trabajo en la charcutería hasta las 5:00 p.m. y la asistencia a las misas de 6:00 p.m. de la cual salía previa despedida apresurada de los amigos y conocidos. Afuera, aparcada al lado de una acera cercana, estaba la vieja camioneta Ford 1958, que era su única y fiel compañera, en la cual se perdía de la multitud con rumbo desconocido para los presentes, no sin antes dejar una espesa niebla color gris plomo y el curioso ronroneo del ya cansado y fiel motor.

La vieja Ford llevaba a Juan, casi como sabiéndose el camino, al cementerio que situado a las afueras del pueblo, donde desde varias generaciones, habitaba las almas que alguna vez fueron lugareños trabajadores y laboriosos. A través de las farolas situadas a la entrada del camposanto, se dibujaba cada noche, una larga silueta que se bajaba de la camioneta y que cruzaba la verja, siempre abierta y se adentraba en campo minado de cruces y lapidas con recordatorios de antiguos moradores.

Juan, linterna en mano, con movimientos nerviosos y oscilantes buscaba entre las muchas lapidas, los terrenos que aún exhalando frescura por la sutil fragancia de coronas y flores que ya anunciaban la cercanía a la marchitez, le mostrarían sin equívocos posibles, la presencia de un nuevo huésped de esas frías tumbas.

Como un explorador que ha encontrado un tesoro, las huesudas manos ahora asían una pala, que penetraba en la tierra y no cesaba su movimiento, hasta oír el metálico golpe de la pala con el féretro, nuevo hogar de un lugareño que había pasado a mejor vida. Tras bajar al cajón del difunto, violento el féretro, usando para ello el filo de la pala.

Con el féretro abierto, no quedaba más que levantar el cuerpo hasta el terreno, devolviendo la tierra extraída de la tumba a su lugar. Ya terminada la acción, se dispuso ir con pasos apresurados a la vieja Ford y sacó de ella una gran bolsa negra, la cual llevó hasta el lugar donde yacía el cuerpo, que ahora estaba más frío y rígido. Haciendo un gran esfuerzo, que excedía a sus menguadas fuerzas, logró introducirlo completamente en la gran bolsa. Procedió a amarrar su extremo con una soga y empezó así a arrastrarlo hasta la entrada del camposanto, allí esperaba su vieja Ford la carga que otras tantas veces, había sido depositada en su cajón.

Más tarde, seguiría su vida gris sin reposo y sin descanso en una vieja mesa de madera, con golpes incesantes y salpicando de rojo todo alrededor. Mañana, los lugareños seguirían probando las ricas salchichas y la fresca carne de renombrada fama en el pueblo.

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