LA INQUILINA



La posada era el sitio preferido de los viajeros que llegaban desde la provincia hacia la gran ciudad, la atención en ella era amable, con cuartos limpios y acogedores. El dueño de la posada se llamaba Manuel; era un hombre a todas luces simpático, dicharachero, buen conversador, ejemplar padre de familia, en fin un tipo del cual se podía confiar cualquier persona que acabara de conocerlo, enganchaba a los desconocidos con un verbo ágil y entretenido, Este fue el caso de Marilyn B, futura candidata a llenar con su presencia una de las habitaciones de la estancia. La chica, procedía de un pueblo olvidado de la provincia, un día le llegó como látigo certero la idea de ir a probar suerte en la ciudad; ya estaba hastiada de la rutina pueblerina, de su gente amable y de los días calurosos; que parecían abrasar su cuerpo y convertirlo en un estofado viviente. Ya decidida firmemente a alcanzar su propósito, recogió los pocos ahorros que tenía, la ropa que dobló con agilidad en la maleta y un título universitario que ya amenazaba con quedar en el olvido. A la mañana siguiente se despidió de su familia, no sin antes soltar unas pequeñas lagrimas y con la perorata familiar que no falta en cualquier despedida.
El terminal de pasajeros quedaba a escasas manzanas de la casa, por lo que decidió ir caminando hasta el mismo con todo ese equipaje, lo que le daba la apariencia de un vendedor ambulante. Ya en el terminal compró el boleto del bus que la llevaría a un nuevo destino, un destino que parecía ante sus ojos como un coloso al cual tenía que vencer. Con toda esa energía que llevaba abordó el bus y de inmediato se puso a leer una novela que llevaba consigo. El trayecto si hizo corto con la lectura, cuando apenas se dio cuenta, atisbó la estación de pasajeros de la ciudad. Los pasajeros bajaron del bus y Marilyn decidió tomar un taxi hasta la posada de la cual le habían comentado meses antes. El taxista cubrió la ruta llenando de historia y de cuentos a su pasajera, lo que la hacía sonreír sin poder evitarlo; el taxista era un buen contador de historias, de esta manera la ciudad pudo hacérsele más familiar de lo que ella pensaba.
Al llegar a la posada, tocó el timbre con ansiedad y rápidamente apareció detrás de ella una figura de un hombre de mediana edad, con cara de párroco de iglesia, que con tono amable; como si supiese de quien se trataba le dijo_
- Bienvenida señorita, me llamo Manuel, su cuarto está preparado- le dijo.
- Gracias – le dijo un poco desconcertada por la cálida y rápida acogida.
- Déjeme ayudarla con las maletas – le espetó el hombre, no sin antes hacer un guiño involuntario con el ojo.
- Pienso quedarme un buen tiempo, conseguir empleo y radicarme en la ciudad-Le dijo ella.
- Me parece bien - Le respondió de forma automática.

Subió a la habitación asignada y se encontró con una habitación cómoda, con un cobertor blanco que cubría una cama amplia, sus ojos trataron de observar todo cuanto había en la habitación y esbozó una sonrisa de satisfacción- no puedo estar mejor- soltó a su vez en voz alta. Por su mente pasaron muchos pasajes de su vida que quizás quedarían desterrados para siempre con esta nueva vida. Decidió darse un baño para refrescarse y quitarse el polvo del camino. Se desprendió lentamente de su ropa hasta quedar completamente desnuda. Detrás de la pared de su cuarto, unos ojos divisaban el cuerpo joven recién llegado a través de un orificio en la pared contigua. Eran los mismos ojos que tantos cuerpos habían visto, se repetía la historia pero ahora, otra era la victima.

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