ROMERO Y JULIETA




Linda parejita de la Caracas actual, especímenes de una ciudad atolondrada y de un ritmo de vida, quizás demasiado apresurado, para vivirlos completamente en un espacio de 24 horas.


Romero conoció a Julieta una tarde lluviosa de un octubre caraqueño cualquiera, él había pasado en sus rutinas de neo-galán por infinidad de mujeres de amplias caderas y de estrechos corazones, de mentes demasiado sencillas para comprender que el motivo de su existencia sólo radicaba en verse convertidas en vaginas ambulantes con dos patas, dispuestas a servir de receptáculo de las semillas estériles y de aluviones de pasión de nuestro personaje.

Romero, tenía en realidad un pequeño cerebro, que aunque pequeño, le servía para idear las situaciones más inverosímiles, más absurdas, pero que eran eficientes cuando eran dirigidas a mujeres de bajo intelecto con insuficiente autoestima.

Romero y Julieta robaban los minutos de las horas, las horas de los días para entregarse a la pasión más loca y accidentada en dudosos cuchitriles de cuarta categoría. Julieta disfrutaba siempre de todo aquello, con un ojo pendiente del reloj y el otro viendo hacia el cielo. Otrora había sido una mujer de tentadoras y curvilíneas formas, hoy Romero había pasado por ella, cual huracán que asola una isla y la deja maltrecha y desolada.

Un día de octubre lluvioso, como aquel en el cual se habían conocido, Julieta le propuso a Romero acudir a su nido de amor, para celebrar que se encontraba alegre y bien dispuesta a descubrir nuevos placeres, que todavía le parecía no había vivido. Romero aceptó sin más, blandiendo un rostro que se confundía entre la alegría y la sorpresa.

El plan de Julieta era el de llevar a romero a la pasión extrema, por lo que dándole a beber un extraño brebaje que traía consigo, lo hizo beber está pócima, que según ella, le daría acceso al talonario completo del parque de diversiones, que en su mente se dibujaba.

Luego de beber, Romero empezó a besar y acariciar a Julieta con denodado frenesí, como si el hoy se convirtiera en mañana, anunciando el fin de los tiempos, la última gota de sangre que le corría por sus venas, el último oasis que un par de amantes encontrara tras larga caminata.

Conectados por la energía cósmica, mezclando el éter y el maná, intercambiando ríos que corrían por un mismo cauce y sintiendo que habían llegado a la tierra prometida, Romero y Julieta no pudieron ver el reloj,  que anunciaba la hora de cesar esa unión; que ya se les tornaba insuficiente para dar rienda suelta a sus emociones, para desatar de sus bridas a los caballos de la pasión que los unía en una extraña asociación.



Continuará...........


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