MISA DE 10 AM.
Como todos los domingos solía ir
a la misa que daban en la parroquia a las 10:00 am, llegaba y perseguía con la
mirada el punto exacto del inmenso salón, donde ella se encontraba, era el sitio
habitual de todos los domingos. Me situé inmediatamente detrás de ella en el
banco de costumbre. Ella iba con una falda corta que descubría unas piernas que
como murallas protegían una valiosa ciudadela, su pechos los cubría un suéter
que hacía de segunda piel, parecían dos promontorios que amenazaban con hacer
erupción en cualquier momento, en ese momento, ella volteó y saludo con un leve
movimiento de la cabeza, le respondí de igual forma, recé algo que no recuerdo
y mi vista se posó sobre todo su cuerpo, como un explorador admirado de
encontrar el tesoro perdido.
Inmediatamente mi mente empezó a divagar y a elucubrar intimidades, mientras el padre resoplaba una extraña jerigonza; que como murmullo lejano apenas lograba oír, mis ojos se extendieron como tentáculos que hacían las veces de manos que podían tocarla. La imaginé tendida cual victima de sacrificio en el altar y justo yo encima de ella para consumar el sacrificio, en el lugar menos indicado. Me sentía culpable de pensar todo eso en un sitio, que hasta ese entonces era tan sagrado para mí. La misa corría y discurría sobre una atmósfera soporífera, sentía a los concurrentes lejanos, algo en mi estaba cambiando, producto de los pensamientos más profanos, mi cuerpo estaba sintiendo los rigores de una imaginación voraz que sólo podía ser calmada con la culminación de todos esos deseos reprimidos durante tantos domingos.
En el momento de la comunión y tras quedar los bancos vacios de feligreses, me atreví a tocar su cuerpo con mis manos, un leve roce sobre él, me sacó de ese sopor, llevándome a la gloria de saberla mía por unos instantes, ese momento resumió todos los domingos en uno solo.
Pronto nos perdimos de esa
atmósfera de seres adormilados que retornaban a sus bancos en disciplinado
silencio.

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