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Mostrando entradas de agosto, 2013

La sirena

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La bruma avisaba su presencia sobre las rocas del acantilado, cual densa cortina de blanco, que al caer, tapizaba al mar. El hombre remaba en su bote, con un ritmo acompasado con los latidos de su corazón. Era tarde, quizás demasiado tarde para alcanzar un solo pez y atraparlo en sus redes, para luego llevarlo como orgulloso botín de guerra, a la cocina de su cabaña. En la soledad del mar encrespado, las horas pasaban como si fuesen minutos, demasiado rápidas para contarlas, demasiado rápido para evitar la loca marea, que hacía bambolear el bote cada vez que la tarde caía. El cansancio y el sueño, hacían que el cuerpo del hombre se relajara, en una especie de narcosis que lo vencía y contra la cual no parecía dispuesto a oponer resistencia. De pronto y casi como una imagen celestial, la vio a ella. Estaba sentada sobre una roca que se asomaba sobre las aguas. Su larga y hermosa cabellera, se ofrecía como marco a un rostro demasiado bello para ser real, demasiado ...

La charcutería de Juan

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El flaco, así lo llamaban los que lo conocían en el pueblo. Era un ser desgarbado y macilento, con fama de taciturno y con una mirada que a ratos no acompañaba lo que decían sus labios. El flaco, cuyo nombre verdadero era Juan, encargado de la charcutería principal del pueblo, ubicada en una esquina cercana a la única iglesia existente en muchas millas a la redonda. La iglesia ofrecía todas las tardes servicios de misa a las 6:00 p.m. y a ella acudían con puntualidad los lugareños a expiar sus culpas, pedir favores a los santos o sólo para hacer vida social. Juan acudía como tantos otros a la misa, con una devoción que a través de los años se había acrecentado. Dentro de la iglesia se transformaba en otro ser, que distaba mucho de esa imagen que transmitía a todos en su rutina diaria y de la cual era objeto, no en pocas ocasiones, de bromas pesadas y chanzas. Juan siempre se sentaba en los últimos bancos de la iglesia, su figura desgarbada lucía extraña cuando se arro...