La sirena
La bruma avisaba su presencia sobre las rocas del acantilado, cual densa cortina de blanco, que al caer, tapizaba al mar. El hombre remaba en su bote, con un ritmo acompasado con los latidos de su corazón. Era tarde, quizás demasiado tarde para alcanzar un solo pez y atraparlo en sus redes, para luego llevarlo como orgulloso botín de guerra, a la cocina de su cabaña. En la soledad del mar encrespado, las horas pasaban como si fuesen minutos, demasiado rápidas para contarlas, demasiado rápido para evitar la loca marea, que hacía bambolear el bote cada vez que la tarde caía. El cansancio y el sueño, hacían que el cuerpo del hombre se relajara, en una especie de narcosis que lo vencía y contra la cual no parecía dispuesto a oponer resistencia. De pronto y casi como una imagen celestial, la vio a ella. Estaba sentada sobre una roca que se asomaba sobre las aguas. Su larga y hermosa cabellera, se ofrecía como marco a un rostro demasiado bello para ser real, demasiado ...