LA LLAVE
Todas las tardes solía recorrer con rutinaria parsimonia el camino al parque. Este se encontraba no muy distante de la oficina donde me desempeñaba cono contador desde hacía unos cinco años. Esta rutina diaria venia acompañada en mis pasos arrastrados por el gris pavimento. Un manto de hojarascas teñidas de un ámbar ceniciento anunciaba a cualquier advenedizo que transitara por esas calles, la presencia del otoño. La brisa fresca de la tarde azotaba con deliciosa dulzura a mi rostro. Tras caminar unos cinco minutos llegaba al conocido banco del parque en el que me sentaba y estiraba mis larguiruchas piernas y los brazos cual felino desperezándose. Después de esto me incorporaba y adoptaba una posición más correcta y saludable para mi espalda. Me gustaba observar a las personas que paseaban por el parque y preguntarme quienes serían, que sería de sus vidas en su cotidiano anonimato. Tan relajado y distraído estaba, que no había notado que una pequeñ...
.jpeg)
Comentarios
Publicar un comentario